Unión se quedó con una victoria tan sorpresiva como agónica y se llevó un juego apretado ante Instituto por 78-80. Franco Balbi aprovechó un resbalón final de Cook y anotó el doble ganador. Chijioke Akwuba Jr fue la figura.
De la mano del duende. Unión se quedó con una victoria tan sorpresiva como agónica y se llevó un juego apretado ante Instituto por 78–80. Franco Balbi aprovechó el resbalón/pérdida final de Cook y anotó el doble ganador; Chijioke Akwuba Jr. fue la figura por impacto y constancia. Con este resultado, Instituto quedó 8º (14–11) y Unión subió al 11º (11–10).
En el inicio del partido, Instituto impuso condiciones desde la energía y el control del ritmo: defendió arriba, corrió tras recuperación y castigó antes de que Unión pudiera setear su defensa. La clave fue que el local logró ventajas cortas pero repetidas sin depender del triple: atacó el aro, cargó el rebote ofensivo y forzó a Unión a jugar incómodo, con posesiones largas y tiros forzados.
Promediando el cuarto, la visita se sostuvo casi exclusivamente por el eje Balbi–Akwuba: Balbi ordenó y Akwuba limpió cerca del aro para no dejar que el partido se le rompiera demasiado rápido. Aun así, Instituto cerró el parcial con claridad (24–16) porque ganó la batalla de la primera línea: llegó antes a las ayudas y evitó segundas opciones limpias.
En el tramo final del primero, se vio el primer indicador de lo que después sería decisivo: Copello empezó a buscar el triple para estirar, pero su noche ya venía torcida. Su primer intento clave llegó en el cierre del cuarto (1:32) y fue fallado, un síntoma de lo que ocurriría a lo largo del partido.
Unión, en cambio, no se desesperó: aceptó el marcador corto, sostuvo su estructura y se mantuvo “en partido” con la paciencia de Balbi. El problema fue que Instituto ya había instalado el tono físico y la agresividad: cada balón dividido era del local y eso explicó por qué, incluso sin una lluvia de triples, la diferencia fue real.
En el comienzo del segundo segmento, Instituto repitió la receta: defensa fuerte, circulación y paciencia para encontrar a su mejor opción. Ese tramo terminó de construir el colchón del primer tiempo: el local volvió a llevarse el cuarto (24–19) y estiró el entretiempo a 48–35, una diferencia que no era casualidad sino consecuencia de controlar el ritmo y “jugar a lo que quería”.
Ahí aparece tu punto clave: Unión todavía no robaba el partido, pero ya mostraba el camino. Instituto acumuló pérdidas evitables, y la visita empezó a convertir errores del rival en puntos. Esos robos y recuperos no “se ven” en una sola acción espectacular: se ven en cómo Unión, sin dominar el juego, consiguió sobrevivir al golpe inicial.
Al cierre del primer tiempo, Instituto parecía tenerlo en la mano. Sin embargo, el partido ya estaba dejando pistas: Copello tuvo una secuencia determinante, no por lo que metió, sino por lo que no metió. Erró tres triples seguidos en el cuarto, tres tiros de tres en un lapso corto que, con mejor selección o eficacia, podían haber transformado el 48–35 en una ventaja “de nocaut”.
Y Unión lo leyó perfecto: cada triple errado se convirtió en transición o en una posesión extra del visitante. Balbi no necesitó jugar rápido; necesitó jugar inteligente: atacar el desajuste, cargar sobre el que quedó mal parado y llevar el partido al terreno donde Instituto empezaba a perder claridad.
Cuando amanecía el tercer cuarto, Instituto hizo lo que hace un equipo que quiere cerrar: apretó un par de defensas, aceleró y llegó a su máxima: 59–41. Ahí pareció que el partido se terminaba, porque además el local seguía encontrando puntos sin regalar demasiado atrás.
Pero ese 59–41 fue, paradójicamente, el punto de inflexión para Unión: desde ahí empezó a jugar el “partido largo”. Defendió mejor la primera ventaja, se plantó en el rebote y empezó a morder líneas de pase. No necesitó una racha de triples; necesitó reducir el margen de error y obligar a Instituto a decidir bajo presión.
En la segunda mitad del tercero, Unión ya se veía más cómodo: achicó con Akwuba como ancla y con Balbi eligiendo bien cuándo acelerar y cuándo frenar. El parcial lo refleja: Instituto ganó el primer tiempo, pero el tercero fue 22–23 para la visita, es decir, Unión empezó a devolver golpe por golpe sin perder estructura.
Otra vez, Copello fue termómetro: metió su único triple a 8:40 del segundo, pero el resto de su noche siguió cuesta abajo. No es solo el 1/7: es cuándo se falla. Y esos tiros llegaron en momentos en los que el rival ya olía sangre.
En el arranque del último cuarto se vio lo más importante del partido: Unión subió la presión real sobre el balón y el juego se llenó de decisiones incómodas para Instituto. El local dejó de atacar con ventaja y empezó a jugar “al margen”: tiros apurados, malas entregas y pérdidas en primera línea. Ese escenario es el ideal para un equipo que viene de abajo.
Promediando el cuarto, Unión ya estaba en control emocional. Instituto, que había dominado tres cuartos, empezó a jugar contra el reloj y contra su propia ansiedad. Y ahí el dato que marcaste es estructural: 11 recuperos directos de Unión sobre 16 pérdidas de Instituto no es un detalle, es el mapa del último cuarto. Unión no ganó “por milagro”; ganó porque forzó el error y lo capitalizó.
En el cierre, Unión terminó de firmar la remontada con un parcial demoledor: 22–8 en el cuarto final. A 1:06, Balbi empató el juego (78–78) y la presión ya era total. Instituto tuvo chances, pero siguió tomando decisiones bajo estrés.
Y el final fue exactamente el resumen del partido: a 0:10, Cook perdió la pelota, Balbi olfateó el error, atacó el aro y convirtió el doble ganador (78–80). Instituto tuvo la última, pero el control del cierre ya había cambiado de manos: Unión defendió la posesión final como equipo que cree.
Instituto hizo casi todo bien durante 30 minutos (48–35 al descanso, máxima de 18), pero el básquet se decide en los detalles: la visita convirtió pérdidas en puntos, sostuvo a su figura Akwuba Jr. como garantía de estabilidad, y encontró en Balbi al ejecutor frío del cierre.
Unión no ganó por azar: ganó por presión, lectura y resiliencia, y porque cuando el juego se ensució, fue el que mejor tomó decisiones.